La política en juego

Lee el artículo de El Pais (Por qué las buenas personas se vuelven ‘trolls’ en Internet) que hay en el último enlace y elabora una reflexión en la que respondas a las siguientes cuestiones.

¿Por qué colaboramos? ¿De qué modo en internet la gente se comporta de manera poco cooperativa? ¿Por qué ocurre eso? Explica de que modo las redes sociales son plataformas de enfado.

A lo largo de los años, los científicos han propuesto varias teorías sobre por qué los humanos cooperamos tan bien como para formar sociedades fuertes. Actualmente, muchos investigadores creen que las raíces evolutivas de nuestra buena disposición en general se pueden encontrar en las ventajas para la supervivencia individual que los seres humanos experimentamos cuando cooperamos como grupo. Es decir, en la mayoría de casos cooperamos por nuestro interés particular, aunque hay ocasiones en las que somos más altruistas y somos más considerados con los demás aunque no nos beneficie.

Hay muchas pruebas de que la cooperación es una característica fundamental de la evolución humana. Y además, en diferentes test se ha comprobado que cuando la gente actuaba por instinto, era mucho más generosa que cuando dedicaba tiempo a deliberar.

Pero, verdaderamente, ¿por qué cooperamos?
En el caso de nuestros ancestros, cuando cooperaban con el grupo, los individuos obtenían beneficios y tenían más probabilidades de sobrevivir. Por otra parte, que se nos permita formar parte del grupo y beneficiarnos de él depende de nuestra reputación de comportarnos de manera cooperativa. De esta forma, se creaba una especia de ciclo en el que la cooperación genera más cooperación.
Sin embargo, esto sucedía en las sociedades reducidas en las que vivían nuestros ancestros, en las que todas las interacciones se producían con personas a las que ibas a volver a ver y con las que ibas a volver a interactuar en el futuro inmediato, por ello no había tanta tentación de ser agresivo.

En nuestra sociedad actual, o al menos en las sociedades de las redes sociales, esto ya no es así. Las antiguas culturas cazadoras-recolectoras dependían de la cooperación y el reparto para sobrevivir, pero las instituciones de las ciberredes sociales son débiles. Ofrecen distancia física, un relativo anonimato, y poco riesgo para la reputación, así como de castigo para los comportamientos inadecuados. Si te comportas mezquinamente, nadie que conozcas se va a enterar. Por eso, no hay nada que frene esa tentación de agresividad.


¿Que se podría hacer para mejorar ese problema? (Presta atención a la solución que propone Christakis).
Nicholas Christakis, director del Laboratorio de la Naturaleza Humana de Yale, ha reflexionado sobre el diseño de nuestras interacciones en las redes sociales. Su equipo estudia de qué manera nuestra posición en una red social influye en nuestro comportamiento, e incluso de qué manera determinados individuos influyentes pueden alterar drásticamente la cultura de toda una red. En Internet, estas personas tienen la capacidad de convertir una cultura de acoso en una de apoyo.

Las grandes empresas ya utilizan un sistema rudimentario para identificar a los llamados influencers de Instagram para que hagan publicidad de sus marcas. Pero Christakis no solo se fija en la popularidad de una persona, sino también en su posición en la red y en la forma de esta: no es lo mismo la comunidad de una aldea, donde todos se conocen entre ellos, que la de una ciudad donde es menos probable que en una fiesta alguien conozca a todo el mundo. Lo importante es destacar que además de la popularidad de esa persona influyente, también es importante la intensidad de la interconexión en una red, ya influye en la manera en que los comportamientos y la información se difunden por ella.

Christakis diseñó un programa para investigar este fenómeno mediante la creación de sociedades artificiales pasajeras en la red, de esta forma un número de personas interactuarían y mediante un juego de bienes públicos podrían evaluar su buena disposición hacia otros jugadores.
Después, el científico interviene en la red, y manipulando las interacciones de determinada manera puede conseguir que los participantes sean agradables unos con otros (y también puede conectarlos de otra manera y hacer que sean malos entre ellos).

La cosa es que al poner a prueba este experimento, al final todos se trataban mal. Para solucionarlo, Christakis permitió que cada persona controlase un poco con quién estaba conectada después de cada ronda. De esta forma la gente se deshacía de los que no cooperaban y establecían lazos con los cooperadores, creando una estructura cooperativa en lugar de una no cooperativa.

El plan de Christakis (aplicado a un juego) para hacer que la gente colabore consiste en básicamente infiltrar bots en una comunidad de seres humanos para ayudar a estos últimos a ayudarse a sí mismos. Estos bots en ciertas ocasiones actuarían de forma irracional e incrementarían temporalmente los conflictos, pero de esta manera permiten que los jugadores tomen mejores decisiones.

No olvides responder a la pregunta del artículo ¿Por que las buenas personas se vuelven trolls en internet?
Esta pregunta básicamente ya está contestada en el primer ejercicio: una persona puede actuar de forma correcta en la vida real y cuando interactúa en persona con ciertos individuos o grupos, pero esto lo hacen porque dependen del resto de personas y deben mantener una buena reputación (porque, al fin y al cabo, el ser humano es un ser sociable).
Sin embargo, cuando hay una pantalla de por medio, con anonimato y poco riesgo real para la reputación, las personas se comportan más mezquinamente y se sueltan más a la hora de ser agresivos ya que no hay nada que les frene. A esto, se suma el hecho de que en las redes sociales hay personas y comunidades influyentes que pueden propiciar estos comportamientos.

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